Capítulo 25
La pileta de oro: los secretos de la Plaza de Armas de San Bernardo

Margarita atraviesa un momento de tristeza y busca refugio en la Plaza de Armas de San Bernardo. Don Bernardo la acompaña y comienza a contarle cómo era antiguamente aquel lugar: las retretas musicales, las diferencias sociales, los viejos edificios y la transformación de sus jardines. Pero la mayor sorpresa llega cuando le revela una antigua tradición sobre la pileta central, vinculada al empresario minero José Tomás Urmeneta y a los metales preciosos de Tamaya.
Margarita estaba triste.
Aquella tarde no tenía deseos de permanecer en su casa. Necesitaba salir, respirar aire fresco y encontrar un lugar donde sus pensamientos pudieran descansar.
Había elegido la Plaza de Armas de San Bernardo.
Sentada en uno de sus bancos, observaba a las personas que caminaban entre los árboles, los niños que jugaban y el movimiento cotidiano de la ciudad.
Don Bernardo se encontraba a su lado.
Conocía demasiado bien a su nieta para no advertir que algo la preocupaba.
Le preguntó qué le sucedía, pero Margarita prefirió guardar silencio.
Su abuelo no insistió.
Sabía que, en ocasiones, la mejor manera de acompañar a alguien consiste simplemente en permanecer cerca.
Sin embargo, también conocía una forma especial de devolverle la sonrisa.
Contarle una historia.
Y aquella plaza estaba llena de ellas.
UNA PLAZA LLENA DE RECUERDOS
Don Bernardo comenzó a observar los árboles, los senderos y los edificios que rodeaban la Plaza de Armas.
Le explicó a Margarita que aquel lugar había cambiado profundamente con el paso de los años.
Algunos edificios habían desaparecido.
Otros habían sido reemplazados por construcciones modernas.
Las actividades comerciales también habían transformado el entorno.
Pero, a pesar de todos aquellos cambios, la plaza continuaba siendo uno de los espacios más representativos de San Bernardo.
Desde sus primeros tiempos, había servido como punto de encuentro para los habitantes de la ciudad.
Allí se habían celebrado ceremonias, reuniones, actividades públicas y acontecimientos que permanecían en la memoria de generaciones.
Margarita comenzó a interesarse.
Su abuelo había conseguido despertar su curiosidad.
EL ANTIGUO KIOSCO Y LAS RETRETAS MUSICALES
Don Bernardo señaló hacia el centro de la plaza.
Quería mostrarle el antiguo kiosco, una estructura que había formado parte de la vida social sanbernardina.
Margarita preguntó por qué recibía aquel nombre.
Su abuelo le explicó que su forma y su función lo habían convertido en un elemento característico de numerosas plazas chilenas.
Pero lo más importante no era su arquitectura.
Era lo que ocurría alrededor.
Durante muchos años, las bandas instrumentales ofrecieron conciertos al aire libre conocidos como retretas.
En San Bernardo, estas presentaciones estuvieron relacionadas con la tradición musical de la Escuela de Infantería.
Los músicos interpretaban marchas, piezas populares y composiciones que reunían a familias enteras.
La plaza se llenaba de personas que acudían a escuchar las melodías y disfrutar de una tarde de paseo.
Para muchos habitantes, aquellas retretas constituían uno de los principales entretenimientos públicos.
Margarita imaginó a los músicos uniformados, los instrumentos brillando bajo la luz del atardecer y las familias reunidas alrededor del kiosco.
Le parecía una escena perteneciente a otro mundo.
UNA PLAZA DIVIDIDA POR LAS DIFERENCIAS SOCIALES
Don Bernardo le contó entonces algo que la sorprendió todavía más.
Según los recuerdos que recogía su relato, antiguamente las personas no ocupaban todos los sectores de la plaza con la misma libertad.
Existían costumbres sociales que separaban a los habitantes según su posición económica y su origen.
Las familias acomodadas acostumbraban reunirse en determinados espacios.
Los campesinos, militares y trabajadores utilizaban otros sectores.
Aquella división reflejaba las diferencias sociales que caracterizaban a la sociedad chilena de otros tiempos.
Margarita encontró difícil comprenderlo.
Para ella, una plaza debía ser un lugar abierto a todas las personas.
No le parecía razonable que alguien tuviera que caminar por un sector determinado solamente por pertenecer a una familia más humilde.
Su abuelo estuvo de acuerdo.
Le explicó que las costumbres cambian y que muchas prácticas aceptadas antiguamente hoy resultan injustas.
La plaza que Margarita conocía era distinta.
Ahora podía caminar libremente por sus senderos y encontrarse con personas de diferentes edades y condiciones sociales.
Aquello también formaba parte de la historia de la ciudad.
LOS EDIFICIOS QUE DESAPARECIERON
Mientras continuaban conversando, Don Bernardo comenzó a señalar los establecimientos que rodeaban la plaza.
Le explicó que algunos espacios ocupados actualmente por comercios habían tenido funciones muy diferentes.
Recordaba, por ejemplo, la existencia de un antiguo club social, relacionado con las reuniones de familias acomodadas de San Bernardo.
También mencionó un hotel que había formado parte de la actividad de la ciudad.
Con el paso de las décadas, aquellos edificios y sus usos fueron cambiando.
Las construcciones antiguas cedieron lugar a nuevos establecimientos.
Las necesidades comerciales transformaron las fachadas y modificaron el paisaje urbano.
Margarita comprendió que una ciudad no permanece inmóvil.
Cada generación agrega algo nuevo, pero también puede perder parte de lo que recibió.
Su abuelo le explicó que por eso era tan importante conservar fotografías, documentos y testimonios.
Sin ellos, muchas historias terminarían desapareciendo junto con los edificios que alguna vez les dieron vida.
LOS JARDINES DE 1887
La conversación se trasladó entonces a la historia de los jardines.
Don Bernardo recordó que en 1887 se había impulsado una transformación importante de la Plaza de Armas.
Según el relato, las autoridades municipales dispusieron reorganizar las actividades comerciales y embellecer el espacio público.
La intención era convertir aquel lugar en un paseo más agradable para los habitantes.
Se proyectaron jardines y se plantaron numerosos árboles.
La plaza comenzó a adquirir una apariencia más cercana a la de los paseos urbanos que se desarrollaban en distintas ciudades chilenas durante el siglo XIX.
Margarita observó las copas de los árboles.
Le costaba imaginar que aquellos jardines no siempre habían existido.
Su abuelo le explicó que las plazas coloniales habían cumplido funciones muy diferentes.
En muchos casos eran espacios abiertos destinados a reuniones, actividades militares y comercio.
Con el tiempo, varias de ellas fueron transformadas en jardines ornamentales y lugares de recreación.
LA ANTIGUA TRAZA DE LAS CIUDADES
Don Bernardo aprovechó la oportunidad para explicarle cómo se habían organizado numerosas ciudades durante la época colonial.
En muchos asentamientos se utilizó una distribución de calles rectas que se cruzaban formando manzanas.
Aquel diseño era conocido como trazado en damero, por su semejanza con un tablero de ajedrez.
La plaza principal ocupaba un lugar destacado dentro de esa organización.
A su alrededor solían ubicarse edificios administrativos, religiosos y comerciales.
Margarita recordó que había observado una disposición semejante en otras ciudades de Chile.
Su abuelo le explicó que aquella forma de organizar el espacio urbano había dejado una huella duradera.
Aunque los edificios cambiaran, muchas ciudades conservaban todavía la estructura de sus antiguas calles.
La Plaza de Armas de San Bernardo formaba parte de esa tradición urbana.
Pero Don Bernardo todavía guardaba una historia que su nieta no esperaba escuchar.
EL MISTERIO DE LA PILETA
El abuelo señaló hacia la pileta ornamental de la plaza.
Margarita la conocía perfectamente.
La había visto muchas veces, pero nunca se había detenido a pensar en su origen.
Don Bernardo le preguntó qué diría si alguien le asegurara que aquella pileta contenía oro.
La niña lo miró sorprendida.
Le parecía imposible.
¿Cómo podía existir una pileta de oro en medio de una plaza pública sin que todos los habitantes lo supieran?
Su abuelo sonrió.
Le explicó que no estaba hablando necesariamente de una fuente fabricada con oro puro.
Se refería a una antigua tradición que relacionaba el metal de la pileta con minerales preciosos procedentes del norte de Chile.
Para comprender aquella historia, Margarita debía conocer primero a un personaje importante del siglo XIX.
José Tomás Urmeneta.
JOSÉ TOMÁS URMENETA Y LA RIQUEZA DE TAMAYA
José Tomás Urmeneta fue uno de los empresarios mineros más destacados de Chile durante el siglo XIX.
Su fortuna estuvo estrechamente vinculada con la explotación de los yacimientos de cobre de Tamaya, en la actual Región de Coquimbo.
La actividad minera le permitió desarrollar importantes negocios y participar en distintas iniciativas económicas.
También fue conocido por su vinculación con obras de beneficio público.
Don Bernardo contó a Margarita que, según la tradición recogida en el libreto, Urmeneta había financiado la fabricación de tres piletas ornamentales destinadas a distintas ciudades.
Una de ellas habría sido instalada en Ovalle, cerca del territorio donde se encontraba el mineral de Tamaya.
Otra habría llegado a la Plaza de Armas de San Bernardo.
Sobre el destino de la tercera, el relato señalaba que no existía información clara.
Margarita escuchaba fascinada.
La pileta que había visto tantas veces comenzaba a parecerle un objeto extraordinario.
¿UNA PILETA CON ORO, PLATA Y COBRE?
Don Bernardo continuó explicando la tradición.
Según aquella versión, las piletas habrían sido fabricadas utilizando una aleación metálica relacionada con los minerales de Tamaya.
El relato mencionaba cobre, plata y oro, y comparaba la composición con las aleaciones empleadas en la fabricación de campanas.
Margarita quiso saber si aquello significaba que la pileta era realmente de oro.
Su abuelo aclaró que se trataba de una historia transmitida acerca de su origen y composición.
La presencia de metales preciosos no podía darse por demostrada solamente a partir de aquella narración.
Para confirmarla sería necesario contar con documentos de fabricación o estudios especializados del material.
Pero el valor de la pileta no dependía exclusivamente de los metales que pudiera contener.
También estaba en su antigüedad, en su relación con la historia de la ciudad y en los recuerdos que había acompañado durante generaciones.
Margarita comenzó a comprenderlo.
Una fuente pública podía ser valiosa por razones mucho más importantes que su precio.
UN TESTIGO DEL PASO DEL TIEMPO
Don Bernardo le explicó que aquella pileta había presenciado innumerables transformaciones de San Bernardo.
A su alrededor habían cambiado los edificios, los comercios y las costumbres.
Habían pasado generaciones de niños, estudiantes, trabajadores y familias.
La plaza había conocido celebraciones, encuentros y momentos difíciles.
Y la pileta continuaba ocupando un lugar especial en la memoria de sus habitantes.
Margarita volvió a observarla.
Hasta entonces la había considerado simplemente una parte del paisaje.
Ahora imaginaba cuántas personas habrían pasado junto a ella sin conocer las historias que se contaban sobre su origen.
Comprendió que el patrimonio de una ciudad no está formado solamente por grandes monumentos.
También lo integran los objetos cotidianos que permanecen en los espacios públicos y acompañan la vida de sus habitantes.
UNA SONRISA RECUPERADA
La tarde había avanzado mientras abuelo y nieta conversaban.
Margarita ya no parecía tan triste.
Su atención se había concentrado en las historias de la plaza, sus antiguos edificios, las retretas musicales y el misterio de la pileta.
Don Bernardo advirtió el cambio.
Su nieta volvía a sonreír.
Aquello era precisamente lo que había esperado conseguir cuando comenzó a contarle sus recuerdos.
No necesitaba conocer todos los motivos de su tristeza para acompañarla.
A veces bastaba escuchar, compartir un paseo y ofrecer una historia capaz de despertar nuevamente la curiosidad.
Margarita le agradeció su compañía.
Le confesó que había llegado a la plaza buscando un poco de tranquilidad y que ahora se sentía mucho mejor.
Su abuelo le recordó que pronto debía regresar a casa.
La niña aceptó, aunque antes quiso observar una vez más la antigua pileta.
Todavía le resultaba sorprendente pensar que aquel objeto pudiera estar relacionado con los minerales de Tamaya y con uno de los empresarios más importantes del Chile decimonónico.
EL VERDADERO TESORO DE LA PLAZA
Mientras caminaban hacia la salida, Margarita volvió a mencionar el supuesto oro de la pileta.
Don Bernardo sonrió.
Le explicó que las ciudades guardan tesoros que no siempre pueden medirse por su valor económico.
Algunos están en los edificios antiguos.
Otros permanecen en los jardines, las plazas y los monumentos.
Y muchos sobreviven únicamente en la memoria de quienes conocen sus historias.
La Plaza de Armas de San Bernardo había sido testigo de cambios profundos.
Pero continuaba reuniendo a personas que buscaban descanso, compañía y un lugar donde compartir sus vidas.
Margarita comprendió que aquel era quizás su tesoro más importante.
No el oro que pudiera existir en una antigua aleación.
Sino las historias, los recuerdos y los encuentros humanos que habían dado vida a la plaza durante generaciones.
Don Bernardo la miró con cariño.
Verla sonreír nuevamente era, para él, el mejor regalo de aquella tarde.
Y así, mientras se alejaban por uno de los senderos, Margarita descubrió que incluso los lugares más conocidos pueden guardar secretos capaces de sorprendernos.
Porque una ciudad conserva su historia no solamente en los libros, sino también en los espacios donde sus habitantes han vivido, compartido y construido sus recuerdos.
¿Conocías la historia de la pileta de la Plaza de Armas de San Bernardo? ¿Qué recuerdos guardas de este lugar?

Sobre esta edición: Este relato es una adaptación para lectura realizada por ServicioWeb.cl a partir del radioteatro original Historias de Don Bernardo, con libretos y dirección de Marcelo Mallea H., publicado con autorización de su autor. Las recreaciones visuales fueron realizadas especialmente para esta edición de ServicioWeb.cl.
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