Capítulo 19

El Hospital Parroquial: una historia de fe y esperanza

El Hospital Parroquial: una historia de fe y esperanza, capítulo de Las Historias de Don Bernardo

Una noche de enfermedad, Margarita recibe la inesperada visita de Don Bernardo. A través de una misteriosa ventana del tiempo, ambos descubren cómo enfrentaban las enfermedades los habitantes de San Bernardo antes de contar con una atención hospitalaria adecuada.

Las Historias de Don BernardoCapítulo 19: El Hospital Parroquial: una historia de fe y esperanza

El Hospital Parroquial: una historia de fe y esperanza

Las historias de Don Bernardo — Capítulo 19

La noche había caído sobre San Bernardo. Afuera, las calles permanecían silenciosas y apenas una tenue claridad se filtraba por la ventana de la habitación de Margarita.

La niña dormía profundamente.

Habían sido días difíciles. Un fuerte dolor de estómago la había obligado a visitar el Hospital Parroquial, donde recibió atención médica y una inyección que, aunque le provocó cierto temor, soportó con valentía.

Ahora se encontraba mejor, pero todavía necesitaba descansar.

De pronto, una voz familiar interrumpió su sueño.

Era Don Bernardo.

Su abuelo había llegado a visitarla a una hora poco habitual. Margarita abrió los ojos sorprendida y, al reconocerlo, sintió una mezcla de alegría y preocupación.

¿Por qué estaba allí tan tarde?

Don Bernardo se sentó junto a su cama y le preguntó cómo se encontraba. La niña le contó lo sucedido en el hospital, mientras él la escuchaba con cariño.

Pero había algo extraño en su expresión.

Su sonrisa parecía esconder una preocupación que Margarita nunca antes había advertido.

Una preocupación que el abuelo no quería revelar

Don Bernardo no conseguía dormir.

Había algo que lo inquietaba profundamente y necesitaba hablar con su nieta. Sin embargo, cada vez que intentaba explicarlo, las palabras parecían abandonarlo.

Margarita lo observó con atención.

Conocía demasiado bien a su abuelo como para no darse cuenta de que algo sucedía.

Por un instante sintió miedo. No quería imaginar que pudiera ocurrirle algo malo a aquel hombre que había llenado su infancia de historias extraordinarias.

Le pidió que le prometiera que estaría bien.

Don Bernardo la tranquilizó con una sonrisa y una caricia.

Todavía no era el momento de contarle aquello que lo preocupaba.

En cambio, quiso compartir una nueva historia, una que comenzaba precisamente en el lugar donde Margarita había recibido atención médica.

El Hospital Parroquial de San Bernardo.

Una ventana abierta hacia el pasado

Aquella noche no utilizarían el extraordinario fotonumerocóptero.

Margarita todavía estaba recuperándose y su abuelo no quería someterla a otro de sus sorprendentes viajes.

Esta vez emplearían un recurso diferente.

Don Bernardo le pidió que mirara hacia el techo de su habitación y dejara volar la imaginación.

Al principio, Margarita solamente distinguió las sombras habituales de su dormitorio.

Pero poco a poco comenzaron a aparecer pequeños puntos luminosos que parecían desplazarse suavemente por el aire.

Eran como diminutas estrellas que se reunían para formar imágenes.

Su abuelo lo llamó el efecto de la memoria del tiempo.

Según le explicó, cada lugar y cada instante conservaban fragmentos de historias, recuerdos y acontecimientos. Y, mediante aquella ventana imaginaria, era posible contemplar escenas de otras épocas.

Margarita observó maravillada cómo la habitación parecía desvanecerse.

Ante sus ojos apareció un largo corredor.

A ambos lados se extendían habitaciones sencillas, iluminadas por una claridad suave.

Estaban contemplando una imagen de los primeros tiempos del Hospital Parroquial.

Pero para comprender cómo había nacido aquella institución, Don Bernardo debía llevarla todavía más atrás.

Hasta una época en que San Bernardo carecía de los recursos médicos necesarios para atender a sus habitantes.

San Bernardo en 1877: una villa enfrentada a la enfermedad

Era el año 1877.

Chile atravesaba dificultades económicas y el país experimentaba importantes transformaciones.

Los ferrocarriles continuaban extendiendo sus líneas, mientras nuevas actividades productivas modificaban la vida de numerosas localidades.

San Bernardo crecía lentamente.

Sus calles, plazas y casas quintas comenzaban a dar forma a una villa que atraía habitantes por su tranquilidad y sus buenos aires.

Pero detrás de aquella imagen apacible existía una realidad dolorosa.

Las enfermedades causaban estragos entre la población.

La atención médica era insuficiente y muchas familias carecían de los recursos necesarios para conseguir tratamientos.

Los niños eran especialmente vulnerables.

Algunos enfermaban gravemente sin que sus padres pudieran conocer siquiera la causa de sus padecimientos.

La viruela y otras enfermedades infecciosas despertaban temor entre los habitantes.

En aquellos años, la medicina todavía enfrentaba enormes limitaciones, y el acceso a una atención oportuna podía marcar la diferencia entre la vida y la muerte.

Las antiguas boticas y sus remedios

Margarita observó entonces una pequeña botica.

Detrás del mostrador había frascos, preparados y medicamentos que poco se parecían a los que ella conocía.

Don Bernardo le habló de David Sumarán, cuyo establecimiento formaba parte de los servicios de salud disponibles en la antigua villa.

Algunos vecinos desconfiaban de sus métodos y lo llamaban el pestero, pues circulaba la creencia de que podía contribuir a propagar las enfermedades.

Aquellas sospechas reflejaban el miedo y la desinformación que acompañaban a las epidemias.

También existía un dispensario público atendido por David Gutiérrez, ubicado, según el relato, en la esquina noreste de la Plaza de Armas.

Allí se entregaban gratuitamente medicamentos a quienes no podían pagarlos.

Para numerosas familias, ese servicio representaba una de las pocas posibilidades de recibir ayuda.

La atención sanitaria era complementada por otros oficios.

El vacunador recorría distintos sectores de la villa para prevenir enfermedades.

El flebótomo, por su parte, practicaba procedimientos como las sangrías, utilizados por la medicina de aquella época.

Margarita escuchaba sorprendida.

Le costaba comprender cómo podían existir tratamientos tan diferentes de los actuales.

Su abuelo le explicó que la medicina había cambiado profundamente con el paso de los años.

Muchos procedimientos que entonces se consideraban útiles terminaron siendo abandonados gracias al avance del conocimiento científico.

Cuando los remedios prometían lo imposible

Las boticas comenzaron a multiplicarse a medida que San Bernardo crecía.

En la transcripción original se recuerda la llegada de nuevos establecimientos hacia fines del siglo XIX, entre ellos la botica del señor Farr.

También se menciona a Abdón Quesada, quien ofrecía productos que hoy resultarían sorprendentes.

Uno de ellos eran los llamados cigarrillos indios, anunciados como remedio para el asma.

Margarita no pudo ocultar su asombro.

¿Cómo podía alguien pensar que fumar ayudaría a una persona con dificultades respiratorias?

Don Bernardo le explicó que aquellos anuncios pertenecían a una época en que numerosos productos se comercializaban sin las exigencias científicas y sanitarias actuales.

Lo que entonces se presentaba como una solución podía resultar ineficaz o incluso perjudicial.

La niña comprendió que conocer la historia de la medicina también significaba descubrir cuánto había aprendido la humanidad sobre el cuidado de la salud.

El sufrimiento que impulsó la necesidad de un hospital

A medida que la población aumentaba, los servicios disponibles resultaban cada vez más insuficientes.

Las epidemias de viruela y cólera dejaron profundas huellas en la memoria de las comunidades chilenas.

Las familias enfrentaban la enfermedad con recursos limitados y, muchas veces, sin disponer de un lugar adecuado para atender a los pacientes más graves.

San Bernardo necesitaba una institución capaz de ofrecer cuidados más organizados y permanentes.

En ese contexto se comprende la importancia que adquiriría el Hospital Parroquial.

Su historia estaría ligada a la asistencia de los enfermos, al compromiso de quienes dedicaron sus vidas al cuidado de otros y a una comunidad que buscaba responder al sufrimiento de sus habitantes.

Don Bernardo contempló nuevamente el antiguo corredor.

Aquellas habitaciones sencillas representaban el comienzo de una historia mucho mayor.

Una historia que todavía tenía numerosos acontecimientos por descubrir.

El regreso a la habitación de Margarita

La niña comenzaba a sentirse cansada.

Había contemplado escenas que jamás imaginó: boticas antiguas, dispensarios, habitantes enfermos y una villa que luchaba por superar sus dificultades.

Todo parecía tan real que, por momentos, olvidaba que estaba observando imágenes del pasado.

Le pidió a su abuelo que continuaran el recorrido al día siguiente.

Don Bernardo aceptó.

Todavía quedaba mucho por contar sobre el Hospital Parroquial, pero lo más importante era que Margarita recuperara sus fuerzas.

Entonces le explicó cómo regresarían.

No necesitaban una máquina ni una fotografía.

Solo debían hacer algo aparentemente imposible.

Dejar de imaginar.

Margarita frunció el ceño.

¿Cómo podía una persona dejar de imaginar por completo?

Su abuelo le pidió que pusiera la mente en blanco, que no pensara en nada y que permitiera que las imágenes desaparecieran.

Poco a poco, el antiguo hospital comenzó a desvanecerse.

Los corredores se borraron, las habitaciones se alejaron y las pequeñas luces del tiempo se apagaron una tras otra.

Cuando Margarita abrió nuevamente los ojos, estaba sola en su dormitorio.

Reconoció su cama, la ventana y los objetos que la rodeaban.

Todo había vuelto a la normalidad.

Pero Don Bernardo ya no estaba.

El misterio de aquella noche

Margarita permaneció inmóvil durante algunos instantes.

¿Había sido realmente un viaje a través del tiempo?

¿O simplemente había soñado mientras se recuperaba de su enfermedad?

Recordaba perfectamente la voz de su abuelo, los antiguos corredores del hospital y las historias de aquellos habitantes que luchaban contra enfermedades desconocidas.

También recordaba su expresión preocupada.

Había algo que Don Bernardo no le había querido contar.

Y esa inquietud permanecía en su corazón.

Antes de cerrar nuevamente los ojos, Margarita volvió a pensar en las extrañas palabras de su abuelo.

Dejar de imaginar.

Le parecía imposible.

Porque, aunque el viaje hubiera terminado, su mente continuaba llena de imágenes y preguntas.

Y en algún lugar de aquella misteriosa memoria del tiempo, todavía aguardaba la verdadera historia del Hospital Parroquial de San Bernardo.

A veces, los viajes más extraordinarios comienzan cuando cerramos los ojos. Pero los recuerdos más importantes son aquellos que permanecen cuando volvemos a abrirlos.

¿Conoces alguna historia antigua del Hospital Parroquial de San Bernardo? ¿Qué recuerdos de sus médicos, enfermeras o pacientes forman parte de la memoria de tu familia?

Don Bernardo y Margarita en El Hospital Parroquial: una historia de fe y esperanza | ServicioWeb.cl

Sobre esta edición: Este relato es una adaptación para lectura realizada por ServicioWeb.cl a partir del radioteatro original Historias de Don Bernardo, con libretos y dirección de Marcelo Mallea H., publicado con autorización de su autor. Las recreaciones visuales fueron realizadas especialmente para esta edición de ServicioWeb.cl.