Capítulo 20
El Hospital Parroquial: una historia de sacrificio y solidaridad

Mientras Margarita se recupera de su enfermedad, Don Bernardo le cuenta la extraordinaria historia de la construcción del Hospital Parroquial de San Bernardo, una obra nacida de la solidaridad, la perseverancia y el compromiso con los enfermos.
El Hospital Parroquial: una historia de sacrificio y solidaridad
Las historias de Don Bernardo — Capítulo 20
Margarita comenzaba a perder la paciencia.
Llevaba demasiado tiempo encerrada en su habitación, obligada a guardar reposo mientras se recuperaba de aquella molesta enfermedad que la había llevado al Hospital Parroquial.
Afuera, la vida continuaba. Los pájaros cantaban, el sol iluminaba los tejados y las calles de San Bernardo parecían invitarla a salir.
Pero ella debía permanecer en cama.
Su único compañero era Misifús, el gato de la familia, que caminaba tranquilamente por la habitación con esa indiferencia tan característica de los felinos.
Margarita lo observó con cierta envidia.
¡Qué maravillosa debía ser la vida de un gato! Podía pasearse por los tejados, explorar los rincones de la casa y dormir cuando quisiera, sin que nadie le ordenara permanecer acostado.
Entonces ocurrió algo extraordinario.
Misifús se detuvo, levantó la cabeza y habló.
La niña abrió los ojos de par en par.
Aquella voz le resultaba demasiado familiar.
¡Era la voz de Don Bernardo!
Cuando la imaginación convierte a un abuelo en gato
Margarita no sabía si reír o asustarse.
Su abuelo parecía haberse instalado dentro del cuerpo de Misifús, aunque él insistía en que todo era producto de la imaginación de su nieta.
En aquel mundo donde los recuerdos podían abrir ventanas hacia el pasado, incluso los gatos tenían permiso para hablar.
Don Bernardo intentó acomodarse a su nueva apariencia, pero pronto descubrió que ronronear no era tan sencillo como parecía.
Y, para espanto de Margarita, comenzó a sentir un repentino interés por perseguir ratones.
La niña protestó inmediatamente.
Su abuelo, divertido, decidió abandonar por un momento sus instintos felinos.
Tenía una historia importante que contarle.
La noche anterior habían conocido las dificultades que enfrentaban los habitantes de San Bernardo cuando enfermaban, en una época en que las epidemias y la falta de atención médica provocaban sufrimientos difíciles de imaginar.
Ahora descubrirían cómo aquella necesidad dio origen a una de las instituciones más queridas de la ciudad.
El Hospital Parroquial.
Un terreno para construir esperanza
La historia comenzó con una decisión que parecía sencilla, pero que exigiría años de esfuerzo.
Era necesario conseguir un terreno donde levantar un hospital para atender a los habitantes de San Bernardo.
Según los antecedentes que recordaba Don Bernardo, el sacerdote y vicario de la parroquia participó en las gestiones destinadas a adquirir una propiedad con fondos reunidos especialmente para ese propósito.
El terreno fue comprado a Juan de Dios Olivares por la suma de 4.200 pesos, una cantidad considerable para aquellos años.
Margarita, acostumbrada a los valores de su propio tiempo, encontró sorprendente aquella cifra.
Pero su abuelo le explicó que el dinero tenía entonces un poder adquisitivo muy diferente.
La compra representaba apenas el comienzo.
Había que reunir recursos para construir las instalaciones, organizar los trabajos y conseguir que aquella aspiración colectiva se transformara en una realidad.
Se formaron comisiones encargadas de impulsar el proyecto y organizar colectas.
La población comenzó a colaborar según sus posibilidades.
Detrás de cada aporte existía una misma esperanza: que los enfermos de San Bernardo pudieran recibir atención sin necesidad de viajar hasta Santiago.
Joaquín Larraín Gandarillas y una obra que parecía imposible
Entre quienes impulsaron aquella iniciativa destacó una figura fundamental: Joaquín Larraín Gandarillas.
El obispo dedicó esfuerzos personales a promover la construcción del hospital y a mantener vivo el entusiasmo de quienes participaban en la obra.
Visitaba los trabajos, alentaba a los obreros y defendía la importancia de contar con un establecimiento sanitario en la villa.
En aquella época, San Bernardo gozaba de fama por la calidad de su aire y por la tranquilidad de sus casas quintas.
Incluso existían creencias que atribuían propiedades beneficiosas al ambiente ferroviario, aunque hoy sabemos que el humo de las locomotoras no constituye un tratamiento para las enfermedades respiratorias.
Don Bernardo explicó a Margarita que aquellas ideas pertenecían a un tiempo en que la medicina todavía tenía mucho por descubrir.
Lo verdaderamente importante era que la ciudad necesitaba un hospital.
Y Larraín Gandarillas estaba decidido a contribuir a su construcción.
El 18 de marzo de 1888
Una calurosa tarde del 18 de marzo de 1888 se vivió un momento trascendental.
Joaquín Larraín Gandarillas bendijo la primera piedra del futuro Hospital Parroquial de San Bernardo.
Aquel acto representaba mucho más que el comienzo de una construcción.
Era la promesa de que algún día los habitantes de la villa podrían recibir atención médica cerca de sus hogares.
Hasta entonces, los enfermos más graves debían enfrentar difíciles viajes hacia los hospitales de Santiago.
Los caminos, los carruajes y las condiciones de traslado hacían que aquellas jornadas fueran especialmente penosas para quienes se encontraban debilitados por la enfermedad.
La primera piedra simbolizaba una esperanza compartida.
Pero la alegría inicial pronto se enfrentó a una realidad difícil.
Los recursos eran escasos.
Las donaciones no siempre alcanzaban para continuar las obras y el avance resultaba desesperadamente lento.
Cada muro levantado exigía nuevos esfuerzos.
Cada interrupción ponía en peligro el sueño de contar con un hospital propio.
Los obstáculos de una construcción interminable
Las dificultades no eran solamente económicas.
También surgieron cuestionamientos sobre las condiciones del terreno y la comodidad e higiene que podrían ofrecer las futuras instalaciones.
Un informe del gobernador Alberto de la Cruz, dirigido al intendente de Santiago, manifestó preocupación por las características del proyecto.
Incluso se planteó la posibilidad de vender el terreno y adquirir otro más adecuado.
Para quienes habían trabajado durante años en aquella iniciativa, la situación resultaba profundamente desalentadora.
Parecía que el hospital nunca llegaría a construirse.
Joaquín Larraín Gandarillas debió realizar nuevas gestiones en Santiago, revisar alternativas y buscar el apoyo necesario para continuar.
Pero la historia de Chile estaba a punto de experimentar acontecimientos que transformarían dramáticamente las necesidades de atención médica.
La Guerra Civil de 1891 y los heridos que llegaron a San Bernardo
En 1891, Chile quedó dividido por una profunda crisis política que desembocó en una guerra civil.
El conflicto entre el gobierno del presidente José Manuel Balmaceda y sus opositores provocó enfrentamientos que dejaron miles de víctimas.
Las batallas de Concón y Placilla marcaron algunos de los episodios más sangrientos de aquella tragedia nacional.
Y sus consecuencias también llegaron a San Bernardo.
Numerosos heridos necesitaban atención urgente.
Ante la insuficiencia de instalaciones hospitalarias, Joaquín Larraín Gandarillas abrió su propia residencia para recibir a quienes requerían cuidados.
Margarita quedó impresionada al imaginar aquella casa transformada en un lugar de asistencia.
Las habitaciones, antes destinadas a la vida cotidiana, comenzaron a recibir enfermos y heridos.
El sufrimiento provocado por la guerra demostró de manera dolorosa que San Bernardo necesitaba un hospital.
La urgencia ya no podía seguir esperando.
Quince camas y una nueva oportunidad
Las gestiones continuaron.
Se revisaron los planos y se buscaron soluciones que permitieran habilitar instalaciones adecuadas para los pacientes.
El apoyo de las autoridades eclesiásticas y la colaboración de religiosas dedicadas a la asistencia fueron fundamentales para impulsar aquella tarea.
En medio de enormes dificultades, se acondicionaron las primeras salas ventiladas.
Quince camas comenzaron a recibir a personas que necesitaban atención.
Eran pocas frente a las necesidades de la población, pero representaban un avance extraordinario.
Cada cama significaba una posibilidad de alivio.
Cada paciente atendido confirmaba que el esfuerzo colectivo tenía sentido.
Posteriormente, la donación de un terreno de 4.361 metros cuadrados, realizada por Ernesto Ducó, permitió avanzar hacia la construcción del establecimiento definitivo.
El proyecto comenzaba finalmente a encontrar un camino.
La despedida de un hombre que entregó su vida a la obra
Sin embargo, Joaquín Larraín Gandarillas no alcanzaría a contemplar plenamente el desarrollo de aquella institución.
Durante septiembre de 1897, su salud se agravó.
La noche del día 25 sufrió una crisis que alarmó a quienes lo acompañaban.
Al día siguiente, 26 de septiembre de 1897, falleció en San Bernardo.
Su muerte provocó una profunda tristeza entre quienes conocían sus esfuerzos por mejorar las condiciones de vida de la comunidad.
El hombre que había impulsado la construcción del hospital dejaba tras de sí una obra que todavía necesitaba crecer.
Pero su empeño no había sido en vano.
Pocos días después, el 5 de octubre de 1897, se informó de la apertura del recinto hospitalario.
Aquel acontecimiento marcó un nuevo capítulo en la historia sanitaria de San Bernardo.
El sueño que había requerido tantos sacrificios comenzaba a convertirse en una realidad permanente.
Las religiosas que hicieron del cuidado una vocación
Con el paso de los años, el Hospital Parroquial fue creciendo gracias al compromiso de médicos, trabajadores y congregaciones religiosas.
Las Hijas de San José desempeñaron una labor importante en la atención de los enfermos.
En una época marcada por recursos limitados, su trabajo exigía largas jornadas, dedicación y una profunda vocación de servicio.
Las enfermedades no daban tregua.
San Bernardo enfrentó nuevas epidemias de viruela en 1904 y 1909, mientras el terremoto de Valparaíso de 1906 también dejó graves consecuencias en la ciudad.
Cada emergencia ponía a prueba la capacidad del hospital.
Y cada nueva dificultad recordaba la importancia de contar con personas dispuestas a cuidar a quienes más lo necesitaban.
La solidaridad también se expresó mediante organizaciones benéficas como la Gota de Leche y la Asociación de Señoras de Caridad de San Vicente de Paúl.
Estas iniciativas contribuyeron a ampliar la ayuda hacia sectores vulnerables de la población.
Médicos, enfermeras y nuevas necesidades
El hospital continuó desarrollándose durante las primeras décadas del siglo XX.
En 1920, según el relato, se creó una organización de la Cruz Roja con la colaboración de médicos como Luis Sepúlveda Salvatierra, Santiago Maclin y Zenén Palacios.
Uno de los proyectos más importantes y discutidos fue la construcción de una sala de maternidad.
La necesidad de ofrecer mejores condiciones de atención a las madres y a los recién nacidos exigía nuevas instalaciones y decisiones administrativas.
La concreción de aquella iniciativa se vinculó a los cambios ocurridos hacia 1932, cuando el doctor Luis Sepúlveda Salvatierra asumió responsabilidades en el establecimiento.
Durante esa etapa también se incorporó la congregación de las Hijas de Santa Ana, cuya labor marcaría profundamente la historia del hospital.
Entre las religiosas más recordadas se encontraba la madre Cunegunda Marguti.
Su dedicación a los enfermos y su cariño hacia las personas necesitadas le valieron un sobrenombre lleno de afecto.
Muchos la llamaban simplemente la Mamita.
En 1962, el gobierno de Chile reconoció su labor mediante una condecoración de la Orden al Mérito de Bernardo O'Higgins.
Era un homenaje a una vida dedicada al cuidado de los demás.
El relato también recuerda a la madre Camila, vinculada a la habilitación de salas destinadas a funcionarios de los Ferrocarriles del Estado.
La historia del Hospital Parroquial estaba estrechamente unida a la de la ciudad y a sus trabajadores.
Una historia que Margarita nunca olvidaría
Cuando Don Bernardo terminó su relato, Margarita permaneció unos instantes en silencio.
Había descubierto que el hospital donde la atendieron no era simplemente un edificio con médicos, enfermeras y habitaciones.
Era el resultado de décadas de esfuerzos, donaciones, sacrificios y decisiones tomadas por personas que soñaban con aliviar el sufrimiento de los demás.
Detrás de sus muros existían historias de epidemias, guerras, dificultades económicas y gestos extraordinarios de solidaridad.
La próxima vez que cruzara sus puertas, pensó, miraría aquel lugar de una manera completamente diferente.
Su abuelo, todavía bajo la apariencia imaginaria de Misifús, pareció satisfecho.
Pero antes de despedirse le recordó que debía continuar descansando.
Margarita protestó.
¡Ya estaba aburrida de permanecer en cama!
Don Bernardo insistió en que debía seguir las indicaciones de los médicos.
Entonces ocurrió algo inesperado.
Misifús levantó las orejas.
Sus ojos se fijaron en un pequeño movimiento junto a los muebles.
¡Un ratón!
En un instante, el solemne narrador de la historia del Hospital Parroquial olvidó sus reflexiones y salió disparado tras el diminuto visitante.
Margarita no sabía si reír o regañarlo.
¡Su abuelo había terminado comportándose como un verdadero gato!
Y mientras Misifús desaparecía por la habitación, la niña comprendió que las aventuras con Don Bernardo siempre podían terminar de la manera más inesperada.
Aquella tarde, sin embargo, había aprendido algo que permanecería con ella durante muchos años.
Los grandes edificios pueden levantarse con ladrillos y cemento, pero las instituciones que perduran se construyen también con solidaridad, sacrificio y amor por las personas.
¿Tienes recuerdos del Hospital Parroquial de San Bernardo o de alguna de las religiosas y médicos que trabajaron allí? Comparte tu historia para que su legado continúe vivo.

Sobre esta edición: Este relato es una adaptación para lectura realizada por ServicioWeb.cl a partir del radioteatro original Historias de Don Bernardo, con libretos y dirección de Marcelo Mallea H., publicado con autorización de su autor. Las recreaciones visuales fueron realizadas especialmente para esta edición de ServicioWeb.cl.
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