Capítulo 18

El Dieciocho Chico: cuando el Cerro Chena se vestía de fiesta

El Dieciocho Chico: cuando el Cerro Chena se vestía de fiesta, capítulo de Las Historias de Don Bernardo

Don Bernardo y Margarita viajan al pasado para revivir el legendario Dieciocho Chico de San Bernardo, cuando miles de familias llenaban el Cerro Chena de cuecas, ramadas, volantines y alegría popular.

Las Historias de Don BernardoCapítulo 18: El Dieciocho Chico: cuando el Cerro Chena se vestía de fiesta

El Dieciocho Chico: cuando el Cerro Chena se vestía de fiesta

Las historias de Don Bernardo — Capítulo 18

El Cerro Chena se levantaba majestuoso bajo un cielo luminoso. Desde sus laderas llegaban sonidos de guitarras, risas, voces alegres y el inconfundible ritmo de una cueca.

Margarita abrió los ojos sorprendida.

Hacía apenas unos instantes había estado junto a su abuelo, observando una antigua fotografía. Ahora, gracias al extraordinario fotonumerocóptero, se encontraba en medio de una multitud que parecía celebrar una fiesta interminable.

Había banderas chilenas por todas partes. Los pañuelos blancos se agitaban sobre las cabezas de los bailarines y las ramadas, levantadas con ramas y telas, ofrecían sombra a cientos de familias.

Todo estaba lleno de movimiento.

—¡Abuelo, parece que estamos en Fiestas Patrias!

Don Bernardo sonrió.

Era una celebración patriótica, pero había algo que Margarita todavía no sabía: aquel encuentro no ocurría en septiembre, sino en octubre.

Habían llegado al legendario Dieciocho Chico de San Bernardo.

Cuando octubre también era tiempo de celebrar

Durante muchos años, las faldas del Cerro Chena fueron escenario de una fiesta popular que convocaba a familias enteras.

El Dieciocho Chico prolongaba el espíritu de las Fiestas Patrias y transformaba aquel espacio en un inmenso lugar de encuentro.

Desde temprano comenzaban a llegar visitantes. Algunos caminaban en grupos familiares; otros transportaban canastos, mantas y provisiones para pasar el día.

Las fondas y ramadas se multiplicaban por el terreno.

Tenían nombres pintorescos, capaces de provocar una sonrisa incluso antes de entrar: La Guacita, El Viejo Conhipo, La Pulguita, La Gordita, La Lola y El Rincón Español.

Bajo sus improvisados techos, los visitantes buscaban refugio del calor mientras compartían comidas, bebidas y conversaciones.

El aroma de las empanadas y los anticuchos se mezclaba con la música.

Don Bernardo recordaba también la chichabaya y la chicha de Curacaví, que llegaban en grandes pipas para abastecer las celebraciones.

Margarita observaba todo con entusiasmo.

Había tantos sabores por descubrir que lamentó una vez más las limitaciones del fotonumerocóptero: podían contemplar aquel mundo, pero no probar sus delicias.

Su abuelo se rio al verla mirar con tanta atención las empanadas.

Un cerro convertido en una inmensa fiesta

El espectáculo parecía no tener fin.

Por las laderas del Chena avanzaban grupos de personas mientras otros descansaban a la sombra. Los niños corrían entre las familias y los últimos volantines de la temporada se elevaban sobre el paisaje.

En las ramadas sonaban cuecas y cumbias.

Los bailarines zapateaban con entusiasmo, levantando pequeñas nubes de polvo. Las mujeres agitaban sus pañuelos y los hombres respondían con giros y movimientos que arrancaban aplausos.

Margarita jamás había visto el Cerro Chena tan lleno de vida.

Don Bernardo le contó que, durante las celebraciones, podían reunirse más de cien mil visitantes a lo largo de la festividad, según los recuerdos de aquella época.

Era una multitud extraordinaria para una ciudad que había convertido esta tradición en una de sus grandes señas de identidad.

Pero detrás de aquella alegría también existía una historia de organización y esfuerzo comunitario.

Una tradición de orígenes inciertos

Mientras caminaban entre las ramadas, Margarita quiso saber cómo había comenzado todo.

Don Bernardo le explicó que el origen exacto del Dieciocho Chico no estaba completamente establecido.

Una de las versiones relacionaba las primeras celebraciones con la época en que terrenos del Cerro Chena pertenecían a la familia del presidente José Joaquín Pérez.

Otra tradición atribuía su desarrollo a los trabajadores de la Maestranza Central, quienes organizaban paseos familiares después de las celebraciones oficiales de septiembre.

También existía una explicación vinculada a las familias de los militares de la Escuela de Infantería. Según este recuerdo, algunas personas aprovechaban los días posteriores a la Parada Militar para reunirse con sus seres queridos, que no habían podido participar plenamente de las fiestas.

Con el tiempo comenzaron a llegar comerciantes que instalaban pequeños puestos para atender a los visitantes.

Aquellas reuniones fueron creciendo hasta convertirse en una celebración característica de San Bernardo.

Nadie podía señalar con absoluta certeza el instante en que había nacido la tradición.

Pero todos reconocían que el Dieciocho Chico había llegado a formar parte de la memoria de la ciudad.

Una fiesta que también ayudaba a los demás

El Dieciocho Chico no era solamente una ocasión para bailar y compartir.

Durante años, parte de su organización tuvo fines benéficos, destinados a apoyar a instituciones sociales y comités de la comunidad.

Levantar una fiesta de semejante magnitud exigía una enorme cantidad de trabajo.

Había que preparar los terrenos, instalar las ramadas, organizar los puestos, atender a los visitantes y dejar todo en condiciones al finalizar.

Don Bernardo recordó una tarea que Margarita encontró especialmente curiosa: la llamada tapada de hoyos, que formaba parte de los trabajos posteriores a las celebraciones.

Hasta 1971, según el relato, el Club de Leones estuvo a cargo de la organización del Dieciocho Chico.

La fiesta era el resultado de un esfuerzo colectivo que involucraba a numerosos habitantes de San Bernardo.

Y ese carácter comunitario explicaba buena parte del cariño que despertaba entre las familias.

El recuerdo de una celebración que fue desapareciendo

Mientras Margarita contemplaba a los bailarines, Don Bernardo comenzó a recordar los cambios que había experimentado aquella tradición.

Con el paso de las décadas, la fiesta fue perdiendo parte de su antiguo esplendor.

Durante los años ochenta, los episodios de violencia y los excesos asociados al consumo de alcohol contribuyeron a que su realización se volviera esporádica.

El Cerro Chena dejó de recibir aquellas multitudes de manera habitual.

Las ramadas que antes cubrían sus laderas comenzaron a desaparecer y los recuerdos de la celebración quedaron principalmente en las fotografías y en las historias familiares.

Hubo intentos de recuperar la tradición, pero el ambiente de las antiguas fiestas resultaba difícil de reproducir.

Don Bernardo sentía nostalgia por aquel tiempo en que el Dieciocho Chico era uno de los acontecimientos más esperados del año.

Gracias a su popularidad, San Bernardo había llegado a ser ampliamente reconocido por esta celebración.

Y aunque el paisaje y las costumbres habían cambiado, la memoria de aquellas jornadas continuaba viva entre quienes tuvieron la fortuna de conocerlas.

San Bernardo, una ciudad con historia propia

Mientras observaban el movimiento de la multitud, Don Bernardo quiso compartir otra reflexión con su nieta.

San Bernardo siempre había ocupado un lugar estratégico como puerta de entrada y salida de Santiago.

Por sus caminos habían circulado viajeros, comerciantes, trabajadores y familias que contribuyeron a formar su identidad.

La Maestranza Central, sus barrios, sus plazas y sus celebraciones populares eran expresiones de una historia que merecía ser conocida.

El Dieciocho Chico representaba precisamente esa capacidad de reunir a la comunidad en torno a sus tradiciones.

Margarita comprendió que el Cerro Chena no era solamente un accidente geográfico que dominaba el paisaje.

Era también un escenario de recuerdos compartidos por generaciones de sanbernardinos.

Una última cueca antes de regresar

La música volvió a escucharse con fuerza.

Una pareja comenzó a bailar cueca frente a una ramada y Margarita sintió deseos de participar.

Había aprendido los pasos en el conjunto folclórico de su colegio y estaba convencida de que podía demostrarle a su abuelo lo bien que bailaba.

Don Bernardo, divertido, intentó excusarse diciendo que ya no tenía la energía de sus años jóvenes.

Pero Margarita insistió.

Y finalmente, entre risas, ambos se dejaron llevar por el entusiasmo de aquella celebración.

Los pañuelos se elevaron, los pies marcaron el ritmo y, por un instante, pareció que el tiempo había dejado de existir.

No importaba que pertenecieran a épocas diferentes.

Abuelo y nieta compartían la misma alegría de una tradición que había unido a tantas familias.

Cuando llegó el momento de regresar, Margarita pidió quedarse un poco más.

Don Bernardo aceptó.

Después de todo, no todos los días se tenía la oportunidad de caminar por el Cerro Chena en medio del legendario Dieciocho Chico.

Y así, entre música, volantines y banderas chilenas, continuaron disfrutando de aquella fiesta que parecía negarse a desaparecer.

Porque las tradiciones verdaderamente importantes no viven solamente en los calendarios.

Viven en los recuerdos de las personas que las celebraron y en las historias que transmiten a quienes vienen después.

¿Alcanzaste a conocer el antiguo Dieciocho Chico del Cerro Chena? ¿Qué recuerdos conservas de sus ramadas, sus cuecas y sus celebraciones familiares?

Don Bernardo y Margarita en El Dieciocho Chico: cuando el Cerro Chena se vestía de fiesta | ServicioWeb.cl

Sobre esta edición: Este relato es una adaptación para lectura realizada por ServicioWeb.cl a partir del radioteatro original Historias de Don Bernardo, con libretos y dirección de Marcelo Mallea H., publicado con autorización de su autor. Las recreaciones visuales fueron realizadas especialmente para esta edición de ServicioWeb.cl.