Capítulo 15
Dagoberto Godoy: la hazaña de cruzar los Andes en avión

Margarita disfruta de sus vacaciones en el campo cuando Don Bernardo la invita a vivir una extraordinaria aventura por los cielos de Chile. Juntos viajan hasta 1918 para conocer al teniente Dagoberto Godoy y presenciar su histórica travesía sobre las altas cumbres de la cordillera de los Andes, una hazaña que marcó la historia de la aviación chilena.
Capítulo 15 — Dagoberto Godoy: la hazaña de cruzar los Andes en avión
Margarita llevaba un mes disfrutando de sus vacaciones en el campo, en casa de su tía Dora.
Aquellos días habían transcurrido entre paseos, animales y largas jornadas al aire libre.
La tranquilidad del lugar le resultaba tan agradable que comenzaba a imaginar cómo sería vivir allí para siempre.
No extrañaba demasiado su casa, el colegio ni el movimiento de la ciudad.
En el campo todo parecía suceder con mayor calma.
Había espacio para caminar, observar la naturaleza y descubrir pequeños rincones que nunca había conocido.
Sin embargo, mientras escribía en su diario, Margarita comenzó a pensar en otra clase de aventura.
Le gustaría subirse a un avión y volar muy lejos.
Nunca había viajado en uno.
Y lo que más despertaba su curiosidad eran aquellos antiguos aeroplanos que había visto en fotografías, con sus pequeñas cabinas, alas de tela y motores que parecían demasiado frágiles para sostenerse en el aire.
No comprendía cómo los primeros aviadores se atrevían a elevarse en máquinas semejantes.
Entonces escuchó una voz familiar.
Don Bernardo había aparecido nuevamente.
Su abuelo, siempre atento a las inquietudes de Margarita, le explicó que aquellos primeros vuelos habían sido verdaderas hazañas.
Los pilotos arriesgaban sus vidas para descubrir hasta dónde podía llegar el ser humano.
Y aquella tarde tenía preparada una aventura muy especial.
Un viaje por los cielos
Don Bernardo invitó a Margarita a realizar algo que siempre había deseado.
Volarían en un avión.
La niña apenas podía creerlo.
Recordó las ocasiones en que habían viajado sobre una nube o acompañados por el viento.
Pero esta vez su abuelo prometía llevarla a bordo de una aeronave.
Le pidió que cerrara los ojos y dejara trabajar a su imaginación.
Uno...
Dos...
Tres...
Cuando Margarita volvió a mirar a su alrededor, descubrió que estaba volando.
Bajo sus pies, los campos parecían pequeñas extensiones de colores.
Los caminos se transformaban en delgadas líneas y las casas apenas podían distinguirse desde aquella altura.
A lo lejos se levantaban enormes montañas.
Margarita observaba fascinada.
Nunca había contemplado el paisaje desde una perspectiva semejante.
Incluso algunos pájaros parecían acompañarlos durante el recorrido.
Don Bernardo le explicó que volar había sido durante siglos uno de los grandes sueños de la humanidad.
Y que, gracias a la audacia de los primeros aviadores, aquel sueño había comenzado a convertirse en realidad.
Pero no estaban realizando un simple paseo.
Su abuelo quería presentarle a un hombre cuya valentía había quedado inscrita en la historia de Chile.
El aeródromo de El Bosque en 1918
El avión comenzó a descender.
Margarita observó una pista de tierra y algunas construcciones destinadas a guardar aeronaves.
Habían llegado al aeródromo de El Bosque, al sur de Santiago.
Era el año 1918.
La aviación todavía se encontraba en sus primeros tiempos y cada vuelo representaba un desafío.
Don Bernardo señaló hacia un hangar.
Allí, junto a un pequeño avión, se encontraban dos hombres que revisaban cuidadosamente sus condiciones.
Uno de ellos era el teniente Dagoberto Godoy Fuentealba.
El otro era el mayor Víctor Huston, oficial británico vinculado a la instrucción de los aviadores chilenos.
Margarita contempló el aparato.
Le parecía demasiado pequeño para emprender un viaje peligroso.
Su abuelo le explicó que se trataba de un Bristol M1C, uno de los monoplanos que habían llegado recientemente a Chile.
Aquella aeronave estaba destinada a protagonizar una de las mayores hazañas de la aviación nacional.
El sueño de atravesar la cordillera
Desde los primeros años de la aviación, cruzar la cordillera de los Andes había representado un desafío extraordinario.
Sus elevadas montañas, las corrientes de aire, las bajas temperaturas y la dificultad de alcanzar grandes alturas convertían aquella empresa en una aventura peligrosa.
Muchos aviadores habían soñado con atravesar el macizo andino.
Algunos lo habían intentado siguiendo distintas rutas.
Pero el cruce por las cumbres más altas continuaba siendo una aspiración difícil de alcanzar.
Dagoberto Godoy estaba decidido a conseguirlo.
Margarita escuchaba con creciente admiración.
Le costaba imaginar que un piloto pudiera enfrentarse a montañas tan inmensas utilizando un avión de estructura liviana y recursos técnicos tan limitados.
Don Bernardo le explicó que el Bristol M1C tenía un motor de apenas 110 caballos de fuerza.
Su estructura combinaba madera, tela y otros materiales propios de las aeronaves de aquella época.
No contaba con una cabina cerrada que protegiera al piloto del frío intenso.
Tampoco disponía de los equipos modernos que hoy facilitan los vuelos a grandes alturas.
Y, sin embargo, Godoy estaba dispuesto a intentarlo.
La madrugada del 12 de diciembre de 1918
Los preparativos comenzaron cuando todavía era de noche.
Mecánicos y oficiales revisaron cuidadosamente el avión.
Era indispensable comprobar el motor, el combustible, los instrumentos y cada componente que pudiera resultar decisivo durante la travesía.
La madrugada avanzaba lentamente.
El teniente Godoy recibió las últimas instrucciones y se preparó para abordar el Bristol M1C número C-4988.
A su alrededor, los hombres que habían colaborado en los preparativos comprendían la importancia de aquel momento.
No se trataba de un vuelo de rutina.
El joven aviador estaba a punto de intentar algo que podía cambiar la historia de la aviación chilena.
Margarita observaba en silencio.
Le impresionaba la serenidad del piloto.
Sabía que, una vez en el aire, tendría que enfrentarse prácticamente solo a los peligros de la cordillera.
Finalmente, el motor comenzó a funcionar.
La pequeña aeronave avanzó por la pista y se elevó sobre el aeródromo de El Bosque.
El vuelo había comenzado.
Un pequeño avión frente a montañas gigantescas
El Bristol comenzó a ganar altura.
Desde tierra, quienes seguían su trayectoria observaron cómo ascendía y se dirigía hacia el oriente.
Poco a poco, el avión se convirtió en un pequeño punto oscuro contra el cielo.
Las montañas parecían recibirlo con sus enormes cumbres nevadas.
Margarita intentaba seguirlo con la mirada.
Pero pronto resultó imposible distinguirlo.
Don Bernardo le entregó entonces un objeto extraordinario.
Era un catalejo que permitía observar no solamente los lugares lejanos, sino también los acontecimientos que estaban ocurriendo durante aquel viaje.
La niña descubrió que podía contemplar al piloto mientras avanzaba sobre la cordillera.
Ante sus ojos aparecieron quebradas profundas, montañas cubiertas de nieve y extensos paisajes que parecían no tener fin.
El avión continuaba ascendiendo.
La temperatura disminuía.
El aire se volvía cada vez más difícil de respirar.
Dagoberto Godoy debía mantener toda su atención en los instrumentos.
El altímetro, la brújula, la bomba de aceite y las revoluciones del motor eran fundamentales para conservar el control de la aeronave.
Margarita comprendió entonces que aquella travesía exigía mucho más que valentía.
También requería concentración, experiencia y una extraordinaria capacidad para reaccionar ante cualquier imprevisto.
A más de seis mil metros de altura
El pequeño Bristol alcanzó una altura aproximada de 6.300 metros.
Era una elevación impresionante para una aeronave de aquella época.
Las cumbres nevadas se extendían bajo el avión.
El paisaje parecía inmenso y silencioso.
Pero las condiciones del vuelo eran extremadamente difíciles.
El frío intenso afectaba al piloto, mientras la falta de oxígeno hacía cada vez más exigente su esfuerzo.
Margarita contemplaba la escena con preocupación.
Desde la seguridad de su extraordinario catalejo podía observar un mundo que muy pocas personas habían tenido oportunidad de conocer.
Don Bernardo le explicó que Godoy estaba atravesando una de las regiones montañosas más imponentes de Sudamérica.
Y que su objetivo no consistía solamente en llegar al otro lado.
Debía hacerlo con vida.
El peligro sobre los Andes
La travesía comenzó a presentar dificultades.
El funcionamiento del motor exigía constante vigilancia y las corrientes de aire hacían más complicado mantener la estabilidad del avión.
Según el relato que Don Bernardo compartía con Margarita, en un momento especialmente peligroso el motor presentó problemas relacionados con la alimentación de combustible.
El piloto tuvo que reaccionar rápidamente.
Una falla prolongada podía significar la pérdida de potencia sobre las montañas.
Margarita observaba angustiada.
El avión parecía demasiado frágil frente a la inmensidad de los Andes.
Godoy debía conservar la calma.
No podía permitir que el miedo dominara sus decisiones.
Su experiencia y conocimiento de la aeronave eran las únicas herramientas con que contaba para superar aquella situación.
Finalmente consiguió continuar el vuelo.
Pero todavía quedaba un desafío decisivo.
Debía encontrar un lugar donde aterrizar.
La búsqueda de Mendoza
A medida que avanzaba hacia territorio argentino, el paisaje comenzó a transformarse.
Las grandes montañas fueron quedando atrás y aparecieron valles y terrenos más bajos.
Godoy buscaba orientarse para llegar a las cercanías de Mendoza.
El combustible comenzaba a escasear.
Era necesario descender cuanto antes.
El piloto intentó reconocer un terreno adecuado para aterrizar, pero no consiguió llegar a la pista que esperaba encontrar.
Debió elegir una superficie relativamente despejada.
Margarita seguía cada movimiento a través del catalejo.
El avión descendía rápidamente.
La niña contenía la respiración.
Después de superar las montañas, todavía existía la posibilidad de que todo terminara en una tragedia.
Un aterrizaje difícil y una hazaña cumplida
Finalmente, el Bristol tocó tierra en las cercanías de Mendoza.
Pero el aterrizaje fue violento.
La aeronave chocó contra una alambrada y sufrió importantes daños en su estructura.
El tren de aterrizaje, una de las alas y la hélice resultaron afectados.
Margarita sintió un profundo temor.
Durante unos instantes creyó que el aviador no había sobrevivido.
Sin embargo, Don Bernardo le explicó que Dagoberto Godoy había logrado salir con vida de aquella peligrosa experiencia.
Eran aproximadamente las 6:35 de la mañana del 12 de diciembre de 1918.
El teniente chileno había conseguido atravesar la cordillera de los Andes por su parte más alta a bordo de un aeroplano.
La hazaña estaba cumplida.
Margarita comprendió por fin la magnitud de lo que acababa de presenciar.
Aquel pequeño avión había logrado superar montañas gigantescas, temperaturas extremas y peligros que podían haber terminado con la vida de su piloto.
Y todo había ocurrido cuando la aviación apenas comenzaba a desarrollarse.
Un héroe de la aviación chilena
La noticia del cruce despertó una enorme admiración.
Dagoberto Godoy había demostrado que era posible atravesar por aire las elevadas cumbres andinas utilizando una aeronave de aquella época.
Su nombre pasó a ocupar un lugar destacado en la historia de la aviación nacional.
Margarita quiso saber qué había ocurrido después.
Don Bernardo le contó que el aviador fue recibido con grandes muestras de reconocimiento.
Su hazaña representaba un motivo de orgullo para Chile.
También recordó que Godoy había estado vinculado a San Bernardo, una ciudad estrechamente relacionada con los primeros años de la aviación militar y con el desarrollo del aeródromo de El Bosque.
Para Margarita, aquella historia tenía un significado especial.
Hasta entonces había pensado que volar era simplemente una experiencia hermosa y emocionante.
Ahora comprendía que los primeros aviadores habían tenido que enfrentar enormes riesgos para abrir los caminos que generaciones posteriores recorrerían con mayor seguridad.
El valor de perseguir un sueño
Don Bernardo invitó a su nieta a pensar en todo lo que había observado.
Dagoberto Godoy no contaba con los adelantos técnicos de la aviación moderna.
Su avión era pequeño y sus instrumentos limitados.
Pero poseía una determinación extraordinaria.
Había estudiado, se había preparado y había aceptado los peligros de una empresa que muchos consideraban imposible.
Margarita comprendió que las grandes hazañas no ocurren solamente por casualidad.
Detrás de ellas existen esfuerzo, conocimiento, perseverancia y una voluntad capaz de superar las dificultades.
También descubrió que el progreso humano se construye gracias a personas que se atreven a explorar caminos desconocidos.
Y que cada avance permite que las generaciones siguientes puedan llegar todavía más lejos.
El regreso de Margarita
La aventura estaba llegando a su fin.
Don Bernardo le anunció que había llegado el momento de regresar al campo.
Margarita observó por última vez las montañas que habían sido escenario de aquella travesía extraordinaria.
Todavía le parecía increíble que un pequeño avión hubiera conseguido cruzarlas.
Su abuelo la invitó a cerrar los ojos.
Una vez más, la imaginación los conduciría de regreso a su propio tiempo.
Uno...
Dos...
Tres...
Cuando Margarita volvió a abrirlos, se encontraba nuevamente en casa de su tía Dora.
La tranquilidad del campo seguía siendo la misma.
Afuera, los árboles se movían suavemente con el viento.
Todo parecía indicar que nada extraordinario había sucedido.
Pero Margarita sabía que acababa de realizar uno de los viajes más emocionantes de sus vacaciones.
Había conocido a un aviador valiente.
Había contemplado la cordillera desde alturas impresionantes.
Y había comprendido que muchos de los adelantos que hoy parecen cotidianos fueron posibles gracias a quienes se atrevieron a enfrentar lo desconocido.
Don Bernardo se despidió de su nieta, dejando abierta la posibilidad de una nueva aventura.
Margarita sonrió.
Ahora sabía que, cada vez que mirara un avión cruzando el cielo, recordaría al teniente Dagoberto Godoy y aquella madrugada de diciembre de 1918.
Porque hubo un tiempo en que atravesar los Andes por el aire parecía un sueño imposible.
Y hubo hombres que se atrevieron a convertirlo en realidad.
Así concluyó otro viaje por la memoria de Chile, acompañados por Don Bernardo y Margarita.

Sobre esta edición: Este relato es una adaptación para lectura realizada por ServicioWeb.cl a partir del radioteatro original Historias de Don Bernardo, con libretos y dirección de Marcelo Mallea H., publicado con autorización de su autor. Las recreaciones visuales fueron realizadas especialmente para esta edición de ServicioWeb.cl.
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